header image
 

Vacie su taza

Ese día de verano de 1964, el aire era bochornoso y fétido en  Arena de los Deportes de Long Beach. El sistema del aire acondicionado no funcionaba bien y la multitud asistente al Torneo Internacional de Karate empezaba a inquietarse después de largas horas de ver los encuentros. Luego, Ed Parker, organizador del evento anual, tomó el micrófono e hizo la presentación de Bruce Lee, quien haría una demostración de jeet-kune-do. Hubo un murmullo instantáneo y todas las cabezas se estiraron hacia adelante.  Antes de iniciar su carrera en el cine, Bruce Lee era ya toda una leyenda entre los artistas marciales.

Bruce hizo entrada a la plataforma elevada del cuadrilátero de boxeo luciendo un sencillo uniforme de kung-fu negro hecho a medida. Durante unos cuantos momentos habló tranquilamente acerca de su arte y luego inició su demostración. Siempre es algo impresionante observar a un hombre grande y robusto hacer una demostración de karate, apabullando al espectador con el despliegue de una potencia vibrante y cabal. Sin embargo, para mí es algo todavía más impresionante ver a un hombre de constitución  liviana ejecutar técnicas con una rapidez cegadora, y con unos movimientos tan veloces y elegantes como los de un pájaro en vuelo. Cuando Bruce terminó hubo un momento de silencio y luego un aplauso atronador.

Algunas semanas después, un amigo mío me arregló una entrevista con Bruce, de quien deseaba yo recibir clases particulares. Bruce escogía con todo cuidado a los estudiantes a los que accedía a enseñar, y esa entrevista sería para mí una especie de audición.

Como él daba solamente lecciones particulares y no tenía un estudio formal, la reunión se celebraría en mi casa. Llegó con toda puntualidad y salí al patio del frente para recibirlo. A primera vista parecia todavía más pequeño que como se veía en el escenario. Llevaba puestos unos pants de entrenamiento ajustados que le cubrían las piernas hasta los tobillos y una sudadera verde, debajo de la cual se le señalaban los músculos. sonrió cuando nos saludamos, pero casi inmediatamente fue al grano.

-¿ Por qué deseas estudiar conmigo? – preguntó.

-Porque me impresionó mucho su demostración y porque me han dicho que eres el mejor.

-¿Ya has estudiado artes marciales?

-Durante años – contesté-, pero dejé de hacerlo hace algún tiempo y ahora quiero volver a empezar.

Bruce asintió en silencio y luego me pidió que le demostrara algunas de las técnicas que yo supiera. Salimos a la calzadita que daba a la cochera y me estuvo observando atentamente mientras yo realizaba las diferentes katas o ejercicios de otras diciplinas. Luego me pidió que ejecutara algunas patadas básicas y bloqueos y que golpeara elcostal que tenia en lacochera, pendiente  de una viga.

-¿Te das cuentas que tendrias que olvidarte de todo lo que has aprendido y empezar de nuevo?- interrogó.

-No – repuse.

Bruce sonrió y,  suavemente, me puso una mano en el hombro.

-Permiteme relatarte una historia que me contó mi sifu- dijo. Es acerca de un maestro japonés de Zen, el cual recibió a un profesor universitario que fue a hacerle preguntas acerca del Zen.

“Desde el inicio de la conversarcion, resultó obvio para el maestro que el profesor no estaba tan interesadao en aprender algo sobre el Zen como de impresionar al maestro con sus  propias opiniones y conocimientos. El maestro lo escuchó pacientemente y al final sugirió que tomaran un poco de té. El maestro, entonces, le sirvió virtiendo té en ella. El profesor contempló como su taza se llenaba hasta que ya no pudo contenerse.

-La taza se esta debordando- dijo. Ya no le cabe más .

- Al igual que esta taza- repuso el maestro-,  estás lleno de tus propias opiniones y especulaciones. ¿Cómo puedo enseñarte Zen a menos que previamente vacíes tu taza?.”

Bruce se me quedó mirando.

-¿Comprendes ahora lo que quiero decirte? -finalizó.

-Sí- repuse. Lo que quieres es que yo vacíe mi mente de los conocimientos pasados y de mis viejos hábitos a fin de que esté abierto al nuevo conocimiento.

-Exactamente- concedió Bruce. Y,a ahora ya estamos listos para la primera lección.

Lo anterior no significa que Bruce me hubiera impedido enjuiciar con una mente crítica sus enseñanzas. De hecho, él aceptaba con gusto cualquier discusión y hasta la argumentación. Sin embargo , cuando se le discutía demasiado tiempo algún punto, replicaba siempre:

-Por lo menos, vacía tu taza y haz un esfuerzo.

del Libro “El zen en las artes marciales”