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Apostillas Zen

colorest

En el lejano oriente había un sabio. Este hombre tenía la sabiduría en plenitud. Había dedicado toda su vida a tener esa sabiduría. Pero en el mismo lugar también había un niño. Este niño quería engañar al viejito sabio. Y para conseguirlo, tomaba diferentes objetos entre sus manitas, iba con el sabio y le decía: – A ver viejillo sabio, ¿ qué tengo entre mis manos ?. El sabio con mucha paciencia le decía: – Sabes, tienes una piedrita roja. El niño comenzó a desesperarse porque cada vez que se presentaba con este sabio, le adivinaba las cosas que tenía entre las manos: – tienes una canica. – tienes una luciérnaga. – tienes una bolita blanca. Pero en una ocasión en que el niño salía de estar con el sabio pensó: Tengo que engañar a este sabio. Yo sé que no es sabio, pero, cómo le hago. ¡ Ya se ! buscaré un árbol y me subiré a él. Es lógico que en ese árbol encuentre un nido, pues bien, buscaré el nido. Obviamente en ese nido tendrá que haber pajaritos, pues bien, tomaré un pajarito entre mis manos e iré con el sabio y le preguntaré: A ver, viejillo sabio, ¿ qué tengo entre mis manos ?. Como el dice que es un sabio me dirá: tienes un pajarito. Entonces yo le preguntaré: ¿ está vivo o está muerto ?. Si el me dice, está vivo, lo voy a comenzar a apretar hasta matarlo, abriré las manos y le diré, no mira está muerto. Pero si me dice, está muerto, entonces abro las manos y le digo, no mira está vivo. Ante estos pensamientos el niño se pone muy contento por poder engañar al sabio. Y cuando a los niños se les mete algo a la cabeza hasta no lograrlo, así es que el pequeño busca el árbol, encuentra el nido, también encuentra el pajarito lo toma entre su manos y…. – a ver viejillo sabio, ¿ qué es lo que tengo entre mis manos ?. El viejito le responde: – sabes, tienes un pajarito. El niño, se pone contento por ver que el plan va viento en popa. Y le dice: – es cierto. Yo sé que tú eres un sabio grande, que nada es imposible para ti. Que nadie en la tierra tiene esa sabiduría que sale por tus mismos poros, pero dime: – ¿ está vivo o está muerto ?.

El viejito sabio, conservando su serenidad, le dice: LA DECISIÓN ES TUYA.


Una piadosa anciana había construido una ermita para un monje, y durante años le llevó su comida diaria y cuidó de él.

Un día decidió ponerle a prueba. Indicó a una bonita  sobrina suya que le llevara la comida al monje, lo abrazara, y volviera para contarle su reacción.

Cuando la muchacha lo abrazó, el monje la apartó con rudeza, diciendo:

“La savia ya no sube por el árbol seco”.

La joven volvió y relató lo ocurrido. La anciana se precipitó al lugar.

“Durante años he estado manteniendo un leño”., exclamó. Expulsó al monje y quemó la ermita.

Historia Zen


Unos ricos donantes invitaron a un banquete al maestro Ikkyú. Este llegó vestido de ropas de mendicante. El anfitrión, no reconociéndolo, lo hizo a un lado:

“No podemos tenerte en el umbral. Esperamos en cualquier momento al famoso maestro Ikkyú”.

El maestro volvió a su casa, cambió sus ropas por el manto ceremonial y se presentó nuevamente. Fue recibido con respeto e introducido en la sala del banquete.

Allí, acomodando su manto sobre el cojín, dijo:

“Supongo que has invitado al manto, ya que a mí me echaste hace un momento”.

Historia Zen


El monje y el Samurai

Según cuenta un antiguo relato japonés, un belicoso Samurai desafió en una ocasión a un maestro Zen a que le explicara el concepto de cielo e infierno.

Pero el monje respondió con desdén: – “No eres más que un patán. ¡No puedo perder el tiempo con individuos como tú!”.

Herido en lo más profundo de su ser, el Samurai se dejó llevar por la ira, desenvainó su espada y gritó: – “Podría matarte por tu impertinencia”.

- Eso, repuso el monje con calma, “es el infierno”.

Desconcertado al percibir la verdad en lo que el maestro le señalaba con respecto a la furia que lo dominaba, el Samurai se serenó, envainó la espada y se inclinó, agradeciendo al monje la lección.

Y eso, añadió el monje, “es el cielo”.

“La paz interior se halla cuando el que la busca deja de hacerlo, no por haberla encontrado, sino por descubrir que siempre estuvo con él y no fuera de él.”


Ser suave

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La luz es suave y sin formas, por eso ilumina y da calor aún en rincones escondidos.
El agua puede tomar cualquier forma, y eso  permite servir mejor a las cosas vivientes que la necesitan para sobrevivir.
Tan pronto el agua llega a formar parte del océano, aún el barco más grande y largo, es parecido a una hoja, y su inmensa furia cuando despierta puede conquistar las más altas montañas.
Si uno se autodenomina fuerte,  encontrará rapidamente a alquien que es más fuerte.
Un árbol, como el junco puede resitir a un fuerte viento cuando es suave y flexible, pero puede romperse tan pronto como se vuelva viejo y seco. El mismo principio se aplica a los seres humanos.

Gral.Choi Hong Hi


"El tao que puede expresarse con palabras no es el tao permanente. El nombre que puede ser nombrado no es el nombre permanente",

es decir:

"Del Tao se puede hablar, pero no del Tao eterno. Pueden nombrarse los nombres, pero no el Nombre eterno".